El banquete del Centenario: el menú y los vinos con que Porfirio Díaz brindó por México en 1910
Septiembre de 1910. México cumple cien años de haberse independizado de España, y Porfirio Díaz lo celebra como mandan los cánones de su época: con comida francesa, vino francés y un menú impreso, de principio a fin, en francés. Ni un solo platillo mexicano sobre la mesa, ni una sola botella nacional. Para festejar que dejamos de ser colonia, el país se sentó a cenar como en París.
Para celebrar un siglo de independencia no se sirvió ni un mole ni un vino mexicano. El menú entero estaba en francés. Esa contradicción es, quizá, el mejor retrato del Porfiriato.
Las fiestas duraron todo el mes. La noche del 15 —que era también el cumpleaños número ochenta de Díaz— dio el Grito desde el balcón de Palacio Nacional. Y unos días más tarde, el 23, ofreció el gran baile de gala cuya minuta sobrevive hasta hoy: doce tiempos, miles de invitados, treinta mil focos eléctricos y valses austriacos. Esto fue lo que se sirvió.
Una cocina con acento francés
Al mando de la cocina estaba Sylvain Dumont, el chef francés que el yerno de Díaz había traído a México. Su menú de doce tiempos desfilaba como un manual de alta cocina europea: consomés, foie gras de Estrasburgo, salmón del Rin en salsa de vino blanco, venado con puré de champiñones, pavo en chaud-froid, ternera a la embajadora. Como entrada, perlas de melón bañadas en champaña rosa; de postre, el célebre helado Dame Blanche. Nada se freía en manteca: todo se napaba en salsa. Era México vestido de etiqueta.
Los vinos: una bodega traída de Europa
Y si la comida era francesa, las copas no se quedaban atrás. Para los pescados, un Chablis “Moutonne”, chardonnay de Borgoña, fresco y mineral. Para las carnes, nada menos que un Château Mouton Rothschild 1889, uno de los grandes Burdeos de su tiempo. Para los brindis, champaña G.H. Mumm & Co. Cordon Rouge. Y, como único guiño al viejo mundo hispano, un jerez fino gaditano.
Piénsalo: en toda la noche, la única concesión a España fue una copa de jerez.
El México que se celebraba a sí mismo
Mientras la élite levantaba copas de Mouton Rothschild bajo treinta mil luces eléctricas, el país que quedaba afuera de Palacio Nacional vivía otra cosa: huelgas en el norte, peones endeudados de por vida, un campo a punto de reventar. El banquete no era solo una cena; era una declaración. Díaz le presumía al mundo un México moderno, europeo, presentable. Pero el México de los muchos no estaba invitado a la mesa.
La cuenta llegó pronto
La ironía final la escribió la propia historia. Apenas dos meses después de aquel brindis, Francisco I. Madero llamó a las armas y arrancó la Revolución. En mayo de 1911, Díaz se embarcó rumbo al exilio; murió en París en 1915, lejos de su tierra y rodeado del idioma y la cocina que tanto admiró. Al final, Don Porfirio sí se quedó con su Francia. Solo que le costó México.
Tres dudas rápidas
- ¿Por qué el menú estaba en francés? Porque para la élite porfiriana lo francés era sinónimo de progreso y refinamiento; comer y hablar “a la francesa” era un estatus heredado desde el Segundo Imperio de Maximiliano.
- ¿Qué vinos se sirvieron? Champaña G.H. Mumm Cordon Rouge, el Burdeos Château Mouton Rothschild 1889, un Chablis “Moutonne” para los pescados y un jerez fino gaditano.
- ¿Hubo vino o comida mexicana? Prácticamente nada. Ahí vive la gran paradoja del festejo: se celebró la independencia de España con la mesa más afrancesada que pudo montarse.
Para llevar
La próxima vez que brindes un 15 de septiembre, piénsalo un segundo: hace más de un siglo, el hombre que gobernó México durante treinta años celebró ese mismo aniversario con un Burdeos de 1889 y un menú que ni la mitad de los meseros sabía pronunciar. Hoy, por fortuna, tenemos vino mexicano digno de ponerse en la mesa. Sírvete una copa nacional y brinda por la independencia. También por la del paladar.
